Receta de la Sociedad

martes, 1 de noviembre de 2011

Para en la sociedad encajar,
a mis ideales tengo que renunciar;
rechazando mi libre pensar
y aboliendo mis creencias.

Vislumbraré diariamente
la caja tonta con adoración
ignorando con vehemencia
mi año de abstención a ella.

Adoraré a Belén Esteban,
toda su vida memorizaré,
pues según la gente de barrio
a esa verdulera debo conocer.

El fútbol será mi mayor hobbie,
fanática de esos deportistas seré,
valorándoles de manera enfermiza
por una pelota saber chutar.

Poco me importará que no se merezcan su sueldo.
Lo único relevante para mí será
si España nuevamente
gana el mundial.

Dudo que en esta nueva vida
en la que me rijo por la sociedad
haya espacio para la lectura
de libros con valor cultural.

Mi Dios será "Crepúsculo"
y mi arcángel un libro de Laidy Di.
Mi Biblia serán los Best-Sellers baratos,
y las revistas de frivolización.

El machismo no pasará a segundo plano
pues me buscaré a un chico popular,
fan de los toros y otros deportes absurdos,
y que la tapa del váter sea incapaz de bajar.

Y con él yo seré una chica feliz,
de su amor no podré dudar
aunque salga todas las noches con sus "amigas"
y regrese con los ojos chapados por la María.

Estudios tendré muy pocos,
mi obligación es secundar el fracaso escolar.
Como mucho me sacaré un módulo
de peluquería o algo similar.

Y en el tema del sexo lo tengo muy claro,
yo una sumisa mujer seré.
Me deslomaré para satisfacer a mi hombre
mientras él únicamente piensa en su placer.

Si le apetece no usar preservativo,
yo tendré que ceder
aún a riesgo de que la marcha atrás no funcione
y termine con un bebé.

Si me quedo embarazada no aborto,
al pobre chiquillo tendré,
renunciando a la libertad de mi juventud
y a mi futuro también.

Siempre que pueda saldré por las noches,
alcohol y porros consumiré,
mientras adoro a la música llamada "Chunda Chunda"
sin que mis oídos añoren a mi tan apreciado Hard Rock.

Finalmente me quedan las modas por tratar,
y con ellas firmemente afirmar
que lo que la gente lleve
yo lo tendré que portar.

Poco me importará el tipo de prenda,
que no sea de mi gusto o me quede mal.
Lo que diga la multitud va a misa
y yo como creyente tendré que comulgar.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Está lloviendo, y es de noche. Es algo que me importa poco ya que, a pesar de ello, estoy caminando por mitad de la calle. Hace rato ya que me deshice de mis zapatos, no recuerdo el motivo. Piso los charcos, sintiendo el frío en mis pies, el agua. Están tan fríos que incluso me duele caminar, al doblar los dedos para ello. Están engarrotados, justo como el resto de mi cuerpo. Resulta un gran esfuerzo moverme a cada paso. Es incómodo. Estoy húmeda, completamente calada por la lluvia. Cualquiera habría dado media vuelta y regresado a casa, pero yo no. No sé por qué no.
La ropa se pega cada vez más a mi cuerpo, y es incómodo. Me deshago de la camiseta, sin importarme el hecho de caminar en sujetador por mitad de la calle. Además, es tarde y no hay nadie que pueda verme. 
El frío ahora es mayor, aunque no demasiado. Me arrepiento de haberme quitado la camiseta, pero no vuelvo a recogerla. No quiero caminar hacia atrás, rectificar pasos. Ahora me limito a no quitarme más ropa.os, como si así el agua no fuese a entrar en ellos. Termino de cerrarlos, dejando que el agua bañe mi cara. Es agradable el goteo de la lluvia sobre mis mejillas. Me hace sentir bien, olvidarme de todo lo que pasa por mi cabeza y del frío que siento en mi piel desnuda, y bajo los vaqueros mojados. 
Estoy cansada. Suspiro como lo haría una niña pequeña, haciendo una mueca y reprimiendo un sollozo. Miro hacia atrás con pesadez. Ahora quiero volver, pero veo mi casa muy lejos como para aguantar todo el camino con este frío. Aún así, echo a caminar. Puedo llegar. O intentarlo.
Cada vez hace más frío, y me duelen los pies. Tengo la sensación de que van a romperse mis huesos si trato de moverlos. Parece que las articulaciones no vayan a dar más de sí, y se vayan a romper si trato de doblarlas y hacerlas cumplir con su función. 
Me resigno a seguir y tuerzo mis pasos, dirigiéndolos hacia un rincón de la calle. Me siento allí y me encojo sobre mí misma, abrazándome a mis piernas, buscando darme algo de calor a mí misma. Ahora que estoy quieta, tirito. El frío de mi propia piel me hace estremecerme, y me duele el cuerpo. Cierro los ojos, pero sé que me es imposible dormirme con la lluvia cayendo sobre mí. Ahora, lo único que espero es no quedarme congelada y morir allí. Trato de recordar por qué he salido, por qué estoy allí, a punto de morir de una hipotermia, y no encuentro un motivo. Aprieto los ojos y me encojo todo lo que puedo. Lo único que me queda ahora es esperar.

Me acerco a ti poco a poco. Tú retrocedes cada paso que yo doy. Imagino que se debe al cuchillo que llevo en mi mano, aunque quién sabe. Hace meses que me evitas, y ese es el motivo por el cual nos encontramos ahora aquí, en esta situación. ¿No te dabas cuenta de que yo te quería? Me has ignorado tanto que me he vuelto loco. Y ahora no hay vuelta a atrás. Deja de murmurar asustada que me quieres, porque sé que es mentira. No te callas, y yo no puedo más. Lleno de ira, arremeto contra ti y te pongo contra la pared. Me estás mirando. Puedo ver el miedo en tus ojos, y reflejado en ellos, la rabia de los míos. 

Las lágrimas bajan por tus mejillas, y me preguntas cómo hemos llegado a esto. Clavo mis dedos en tu brazo, buscando hacerte daño con ello. Cierras los ojos y dejas escapar un quejido mientras unas nuevas lágrimas nacen de tus ojos. Me resulta inevitable esbozar una sonrisa enfermiza.
Estoy impaciente por empezar. Lo primero que hago es cogerte del pelo. Me aparto de ti y tiro, atrayéndote hacia mí. Luego, camino. Te niegas a hacerlo conmigo, y como aún te tengo sujeta, te hago caer al suelo y te arrastro. No pretendo nada con ello, sólo hacértelo pasar mal.
Comienzas a sollozar, creyendo que con ello vas a hacerme sentir pena. Pero tus llantos son música para mis oídos, y me animan a seguir.
Te suelto allí en medio. Me vuelvo hacia ti y te miro desde arriba. Estás tan asustada que eres incapaz de levantarte. Estás temblando, encogida, y ahora te cubres la cabeza con las manos. Tus sollozos cada vez son más fuertes, y tus súplicas ya no se entienden.
Te doy una patada en la cabeza, pero no demasiado fuerte; quiero que estés consciente hasta el final.
Vuelvo a cogerte del pelo, y tiro hasta que te pones boca arriba. Se te ve tan patética. Eso me gusta.
Te rodeo, hasta quedar junto a ti, de pie, y coloco uno de mis pies sobre tus costillas. Entonces, dejo todo mi peso sobre estas, hasta notar como se rompen. Después, me siento sobre ti, justo en las costillas. ¿Duele? Espero que sí. Te miro, y miro el cuchillo de reojo. Es hora de usarlo. Te obligo a abrir la boca y hago un corte en ambas comisuras. Salto sobre tus costillas mientras tanto, y observo tu rostro, con muecas de dolor.
El dolor es tal que te desmayas. Esto pierde la gracia de esta manera, así que decido dejar de jugar y termino. Clavo el cuchillo en tu garganta. Golpeo el mango, introduciéndolo aún más. Luego lo saco y repito la acción. Así varias veces. Termino a la novena puñalada.
Tu cuerpo sin vida yace ahora debajo de mí. Arrojo el cuchillo a un lado y me levanto despacio, mirándote. Ahora soy yo el que se pregunta cómo hemos llegado a esto. Unas lágrimas caen por mi rostro mientras contemplo por última vez tu cuerpo inerte. 
No siento remordimientos, ni me arrepiento. Pero me siento triste por tu muerte. 
Tengo algo de sangre en las manos. Será mejor que me limpie.
Echo una última mirada a tu cuerpo, y le doy la espalda. Echo a caminar, sin dejar de llorar en silencio, abandonando tu cadáver en mitad de aquel aparcamiento. Meto las manos en los bolsillos. Soy consciente de que me dejo el cuchillo, y que pueden descubrirme por ello, pero no me importa. Es el precio justo por lo que te he hecho. 

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sábado, 6 de agosto de 2011

¿Estás muerto? No, creo que no. Tu cuerpo sigue retorciéndose en el asfalto, impregnándolo de la sangre que derrama. ¿Cuánto te quedará de vida? A juzgar por la cantidad de líquido rojo que se halla en el suelo juraría que poco, aunque tal vez me equivoque.


Me siento bien; me gusta contemplarte indefenso inhalar tus últimas bocanadas de aire; hace que me sienta poderosa.

—Tu corazón es demasiado fuerte, no te lo mereces —sonrío con sorna—. De todos modos no te preocupes, que en unos minutos dejará de latir.

Gimoteas como respuesta, antes de arquearte. ¿Te duele? Supongo que no demasiado; la adrenalina te salva el culo. No importa, sufras o no en poco tiempo estarás muerto.

—¿Qué se siente al estar así, al borde del abismo? —te pregunto en tono mordaz.

Ojalá no me hubieras mentido; fuiste tú el que me obligaste a hacer esto.

—Contéstame —te exijo. Fuerzas tu garganta intentando hablar, pero no lo consigues.

De fondo escucho una sirena, tal vez sea la policía. ¿Quiero que me atrapen? Bueh, poco me importa éso. Lo que sí que no pienso permitir es que sigas vivo. Me lanzo sobre ti con mi arma en la mano.

[N/A: sin tiempo. Lo siento, ya sé que la entrada es una mierda y que encima está sin revisar, pero es que tengo poco tiempo .-.]

...SIN DESTINO I....

martes, 14 de diciembre de 2010

Y prometimos caminar, disfrutar la poca vida que nos quedaba…
Lo prometimos faltando 5 días para nuestro fatal desenlace, nadie sabía de aquello, pues solo a nosotros nos dieron nuestro terrible diagnostico…
Todos los extraños que nos miraban en las grandes calles se preguntaban ¿Qué le pasa?... nosotros ignorábamos a todos ellos, porque NO NOS IMPORTABA…
Decidimos terminar nuestra existencia y aflicción en un lugar muy bello que nunca nadie podría imaginar, fue muy duro llegar hasta ahí, ya que nuestra enfermedad nos jugaba en contra…..
Llegamos un Martes por la tarde, aun se sentía el calor o quizás lo confundía con fiebre, bueno pero igual nos sentíamos muy nerviosos o quizás eran nuestro sistema nervioso fallido, no lo se, no lo se, pero lo que si estábamos seguros, es que nos amábamos como ese tercer día que cruzamos miradas…
El estaba perdiendo su color y yo mis cabellos, así que decidimos apresurarnos pues en realidad el final estaba muy cerca…
Alquilamos un pequeño bote, que por curiosidad llevaba el nombre “sin destino”, lo abordamos y ambos nos recostamos tomados de la mano, así empezaría nuestro maravilloso viaje…..
Pasaban horas y horas, creo yo, ambos estabamos en silencio, no ers porque ninguno tenia nada que decir, sino porque no podiamos, se nos habia terminado las fuerzas.......
(continuara)

Volverán las Oscuras Golondrinas...

lunes, 6 de diciembre de 2010

La chica se tambaleó en aquel callejón. Sus ojos azul eléctrico lucían opacos y vacíos; daba la sensación de que los mismos perdían la fuerza vital que les otorgaba resplandor vivaz.

La temblorosa mano de Amanda se colocó en su estómago, tratando de cubrir vanamente su herida mortal. Notó cómo la calidez de aquel líquido que se escapaba de su piel se escurría en churretones por los espacios que tenía entre sus dedos.

El olor de la sangre le provocó unas náuseas difíciles de reprimir.

Trató de tomar una bocanada de aire capaz de otorgarle unos cuantos instantes más de vida.

En sus pulmones no entró el oxígeno suficiente para satisfacer sus necesidades respiratorias. Su nariz estaba repleta de mucosa y la parte superior de sus labios también.

Un hilo de saliva repleto de sangre goteó de su boca al mugriento suelo del callejón en el que estaba.

La mano con la que no intentaba cubrirse la herida para impedir que se le escapara el líquido de la vida, se encargaba de sostenerla, puesto que con ella se apoyaba en una grasienta y húmeda pared de ladrillo.

Desgraciadamente en su garganta se produjo una arcada y, como consecuencia de ello, perdió el equilibrio y cayó al suelo. Su cabeza terminó utilizando un extremo de un contenedor para mantenerse firme.

Los anteriormente brillantes cabellos castaño oscuro de Amanda en aquellos instantes estaban sucios, lacios y pegados a su sudoroso rostro agraciado.

«Volverán las oscuras golondrinas —por alguna extraña razón aquel poema de Bécquer vino a su mente embotada—, de tu balcón sus nidos a colgar».

La dirección de sus pensamientos se modificó cuando se dio cuenta de que los diminutos y dificultosos jadeos con los cuales probaba de llenar sus vías respiratorias no eran suficientes.

Empezó a toser descontroladamente, lo cual provocó que la falta de oxígeno fuera más sentida. Gimió de manera casi inaudible.

Su cabeza cayó al suelo. No apreció el dolor del impacto, puesto que su maltrecho cuerpo estaba demasiado ocupado con la brecha de su estomago, la cual estaba a punto de terminar con su vida.

«Y otra vez, con el ala a sus cristales jugando llamarán —los llorosos ojos le escocían—, pero aquellas que el vuelo refrenaban, tu hermosura y mi dicha a contemplar…»

Una sombra apareció del fondo del callejón. Los ojos de Amanda no podían distinguir el rostro del hombre que se plantó en unos escasos segundos ante ella.

—El calor se escapa de tu cuerpo —dijo el hombre, observando con vehemencia el inmenso lago de sangre que rodeaba el ente de la chica.

Amanda sacó su lengua y lamió la sangre y mucosa de su boca.

El tipo se agachó, clavando sus rodillas en el charco escarlata. Un dedo suyo se hundió en el mismo, para después emerger y entrar en su boca. Se relamió, observando con excitación a la chica.

—¿Te gustaría vivir más tiempo? —quiso saber él con aparente indiferencia.

Amanda no dijo nada, de hecho, ella estaba segura de haber perdido la habilidad de hablar.

«¿A cambio de qué?» pensó ella, de manera incoherente. Si había algo que aprender en la vida, era que nada se le es regalado a nadie.

El hombre sonrió con un deje siniestro. Acarició los sudorosos cabellos de Amanda con lo que parecía ser frívolo cariño.

El rostro de él se aproximó al de Amanda. Retiró el cabello de la chica de su cara y besó su mejilla, dejando reposar sus labios en ella un corto periodo de tiempo.

—A cambio de tu alma —le susurró él al oído con aire erótico.

Amanda se quiso reír, pensando que todo aquello era un amargo delirio provocado por la pérdida de sangre.

«Pero aquellas que aprendieron nuestros nombres…» volvió a pensar en el poema.

Los labios de él tocaron los de Amanda, para que, instantes después la lengua de aquel morboso desconocido entrara en la boca de la chica.

—¿Aceptarías mi oferta? —quiso saber, habló con su boca aún rozando la de ella.

«…¡Ésas, no volverán!» la estrofa del poema terminó.

El tipo acarició lentamente la garganta de Amanda justo en el mismo instante en el que el corazón de la chica dejó de latir.

Mundos

domingo, 21 de noviembre de 2010

Para Sebastian era complicado quedarse un día sin hacer nada, los médicos le habían regalado un día libre. Un día sin médicos, sin medicinas, sin actividades. Un día de libertad. Quizás, para una persona menos activa, la idea le habría fascinado; pero Sebastian no tenía ningún deseo de quedarse tirado en la cama boca arriba admirando las grietas del techo.


El jardín, un lugar descampado que pocos pacientes tenían la libertad de disfrutar sin seguridad. Por suerte, él era uno de ellos. Con su cuaderno de vida bajo el brazo, busco el perfecto árbol para poder derrumbarse bajo de él y disfrutar de su lectura. No fue complicada la búsqueda, y pronto su espalda estaba apoyada en el tronco de un árbol de cerezos.

Un día precioso, primaveral con un cálido sol iluminando las distintas flores que decoraban el mullido césped. Un paisaje hermoso que nadie creería que perteneciera a una clínica psiquiátrica.

Sebastian abrió su cuaderno en la última página que había escrito, tomo la lapicera que siempre estaba atada a ese cuaderno, y pensó. Pensó en muchas cosas, pero no se decidió a escribir hasta ver una mariposa volar sobre él, con sus alas multicolores y su vuelo en zing zang.

Cuantos mundos diferentes ¿No?, Sebastian comenzó a meditar, los cinco reinos tenían su encanto, pero solo uno era el que él adoraba.

El de los insectos, el de los bichos que volaban y gozaban de libertad para poder apreciar todos los reinos de la naturaleza. Aquellos, que a pesar de vivir poco, disfrutaban la vida como ningún otro.





Luchy Franco.

Buscamos Pensión, Vivimos en el Balcón

lunes, 4 de octubre de 2010


Hay adolescentes que buscan las respuestas en los lugares en donde no están. Hay adolescentes que buscan la salida más fácil y terminan perdiendo la vida. Hay adolescentes que piensan que todo lo pueden, que tienen la vida eterna y la salud de un súper héroe.

Sebastian es un paciente psiquiátrico que paso toda su vida juntando relatos de vida, su única salida entre tantos problemas de vida. No se detenía a pensar en la complejidad de sus desgracias, sino que se refugiaba en las de los demás. Toda historia motivadora, toda razón de ser que veía a su pasar era producto para que él tomará una lápiz y papel; y comenzará a contar la historia de personas que quizás jamás conocería más allá de lo que la historia decía.

— Me dedicó a buscar historia motivadoras, Doctor.— Le sonrió desde el otro lado del escritorio del consultorio. Todo era blanco, lo enloquecía, pero había aprendido a vivir con ello.— Usted entiende, mi vida es un fracaso, pero siempre hay peores...

— O mejores.— Añadió el médico anotando la sesión en su libreta, preparándose para oír las tantas historias que Sebastian había preparado para la sesión del 1 de septiembre de 1992.

Sebastian no le respondió, simplemente amplió su sonrisa y sacó un gastado cuaderno con lomo de cuero y hojas amarillentas. Se veía destrozado, ancho, como si estuviera a punto de romperse por tantas cosas que llevaba dentro. El doctor observó con atención que lo hacía verse a ese cuaderno tan especia; más no fue difícil comprender respuesta a tal deber. El cuaderno no sólo lleva historias contadas, o puntos de vistas, sino que llevaba fotos, cartas, flores secas y hasta boletos de colectivos pegados en su interior.

— ¿Cómo consigues las historias?

— Es sencillo, verá usted. Suelo salir a dar vueltas por la plaza, doctor, allí es donde hay más variedad de personas. Suelo ser muy observador, y cuando encuentro una persona que llame mi atención me dispongo a entablar conversación. Puede ser frustraste en ocasiones, cuando no quieren hablar de sus vidas; pero he logrado que mucha gente comparta ciertas historias de su vida. Me han regalado, incluso, muestras o recuerdos para darle veracidad. Son gente muy buena, simplemente no la han pasado bien.

— Tu tampoco ¿Verdad?— Sebastian no le respondió, simplemente continuó con su sonrisa y pasando hojas de su cuaderno. El Doctor, resignado sobre esa pregunta, decidió dejarlo pasar.— Una cosa más, Sebastian, si no te importa ¿Qué significa este cuaderno para ti?

Él se tomó su tiempo en contestar bajo la mirada insistente de su doctor. Pensó en su respuesta, no estaba dispuesto a contestar una condena. Cerró el cuaderno y miró al doctor seriamente.

— Es mi vida. Es el presente, el pasado y el futuro.

Fue entonces, y no antes, cuando el doctor comprendió que esas sesiones no serían una más.


Sí quieres saber como continua la extravagante historia del Doctor y Sebastian, entra en http://www.fictionpress.com/s/2839700/1/Buscamos_Pension_Vivimos_en_el_Balcon

http://www.fictionpress.com/u/640192/luchyrct

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viernes, 1 de octubre de 2010

Fantaseo con escuchar tus alaridos de dolor;
tus desesperadas y vanas súplicas de que me detenga.

El miedo es mi néctar;
el dulce manjar del que me deleito cada noche;
mi medicina.


Me encantría apreciar cómo mi puñal
se hundiría reverenciadoramente en tu
pálida, suave y cremosa piel; destrozándola.


Ahora que conoces mi secreto;
eres sabedor de esa obsesión que me vuelve loco.

Shhhh...

No me delates;
no me des razones para asesinarte.

Eres mi amigo;
te deseo con vida,
pero ello no impide que cada fibra de mi ser

Anhele
estropear
tu
lisa
piel.

No lo recuerdO..

jueves, 5 de agosto de 2010


Como quieres que te escriba una canción?,
si a tu lado no tengo inspiración.
Porque lo nuestro está marchito,
porque este fin,ya estaba escrito....

Sueñas con risas ya finitas
y olvidadas caricias...

NO!, no me acuerdo de tu pelo
enrredado entre mis dedos...

NO! no me acuerdo de tus manos
que en mi cama daban vueltas..