domingo 4 de septiembre de 2011

Está lloviendo, y es de noche. Es algo que me importa poco ya que, a pesar de ello, estoy caminando por mitad de la calle. Hace rato ya que me deshice de mis zapatos, no recuerdo el motivo. Piso los charcos, sintiendo el frío en mis pies, el agua. Están tan fríos que incluso me duele caminar, al doblar los dedos para ello. Están engarrotados, justo como el resto de mi cuerpo. Resulta un gran esfuerzo moverme a cada paso. Es incómodo. Estoy húmeda, completamente calada por la lluvia. Cualquiera habría dado media vuelta y regresado a casa, pero yo no. No sé por qué no.
La ropa se pega cada vez más a mi cuerpo, y es incómodo. Me deshago de la camiseta, sin importarme el hecho de caminar en sujetador por mitad de la calle. Además, es tarde y no hay nadie que pueda verme. 
El frío ahora es mayor, aunque no demasiado. Me arrepiento de haberme quitado la camiseta, pero no vuelvo a recogerla. No quiero caminar hacia atrás, rectificar pasos. Ahora me limito a no quitarme más ropa.os, como si así el agua no fuese a entrar en ellos. Termino de cerrarlos, dejando que el agua bañe mi cara. Es agradable el goteo de la lluvia sobre mis mejillas. Me hace sentir bien, olvidarme de todo lo que pasa por mi cabeza y del frío que siento en mi piel desnuda, y bajo los vaqueros mojados. 
Estoy cansada. Suspiro como lo haría una niña pequeña, haciendo una mueca y reprimiendo un sollozo. Miro hacia atrás con pesadez. Ahora quiero volver, pero veo mi casa muy lejos como para aguantar todo el camino con este frío. Aún así, echo a caminar. Puedo llegar. O intentarlo.
Cada vez hace más frío, y me duelen los pies. Tengo la sensación de que van a romperse mis huesos si trato de moverlos. Parece que las articulaciones no vayan a dar más de sí, y se vayan a romper si trato de doblarlas y hacerlas cumplir con su función. 
Me resigno a seguir y tuerzo mis pasos, dirigiéndolos hacia un rincón de la calle. Me siento allí y me encojo sobre mí misma, abrazándome a mis piernas, buscando darme algo de calor a mí misma. Ahora que estoy quieta, tirito. El frío de mi propia piel me hace estremecerme, y me duele el cuerpo. Cierro los ojos, pero sé que me es imposible dormirme con la lluvia cayendo sobre mí. Ahora, lo único que espero es no quedarme congelada y morir allí. Trato de recordar por qué he salido, por qué estoy allí, a punto de morir de una hipotermia, y no encuentro un motivo. Aprieto los ojos y me encojo todo lo que puedo. Lo único que me queda ahora es esperar.