domingo 4 de septiembre de 2011

Me acerco a ti poco a poco. Tú retrocedes cada paso que yo doy. Imagino que se debe al cuchillo que llevo en mi mano, aunque quién sabe. Hace meses que me evitas, y ese es el motivo por el cual nos encontramos ahora aquí, en esta situación. ¿No te dabas cuenta de que yo te quería? Me has ignorado tanto que me he vuelto loco. Y ahora no hay vuelta a atrás. Deja de murmurar asustada que me quieres, porque sé que es mentira. No te callas, y yo no puedo más. Lleno de ira, arremeto contra ti y te pongo contra la pared. Me estás mirando. Puedo ver el miedo en tus ojos, y reflejado en ellos, la rabia de los míos. 

Las lágrimas bajan por tus mejillas, y me preguntas cómo hemos llegado a esto. Clavo mis dedos en tu brazo, buscando hacerte daño con ello. Cierras los ojos y dejas escapar un quejido mientras unas nuevas lágrimas nacen de tus ojos. Me resulta inevitable esbozar una sonrisa enfermiza.
Estoy impaciente por empezar. Lo primero que hago es cogerte del pelo. Me aparto de ti y tiro, atrayéndote hacia mí. Luego, camino. Te niegas a hacerlo conmigo, y como aún te tengo sujeta, te hago caer al suelo y te arrastro. No pretendo nada con ello, sólo hacértelo pasar mal.
Comienzas a sollozar, creyendo que con ello vas a hacerme sentir pena. Pero tus llantos son música para mis oídos, y me animan a seguir.
Te suelto allí en medio. Me vuelvo hacia ti y te miro desde arriba. Estás tan asustada que eres incapaz de levantarte. Estás temblando, encogida, y ahora te cubres la cabeza con las manos. Tus sollozos cada vez son más fuertes, y tus súplicas ya no se entienden.
Te doy una patada en la cabeza, pero no demasiado fuerte; quiero que estés consciente hasta el final.
Vuelvo a cogerte del pelo, y tiro hasta que te pones boca arriba. Se te ve tan patética. Eso me gusta.
Te rodeo, hasta quedar junto a ti, de pie, y coloco uno de mis pies sobre tus costillas. Entonces, dejo todo mi peso sobre estas, hasta notar como se rompen. Después, me siento sobre ti, justo en las costillas. ¿Duele? Espero que sí. Te miro, y miro el cuchillo de reojo. Es hora de usarlo. Te obligo a abrir la boca y hago un corte en ambas comisuras. Salto sobre tus costillas mientras tanto, y observo tu rostro, con muecas de dolor.
El dolor es tal que te desmayas. Esto pierde la gracia de esta manera, así que decido dejar de jugar y termino. Clavo el cuchillo en tu garganta. Golpeo el mango, introduciéndolo aún más. Luego lo saco y repito la acción. Así varias veces. Termino a la novena puñalada.
Tu cuerpo sin vida yace ahora debajo de mí. Arrojo el cuchillo a un lado y me levanto despacio, mirándote. Ahora soy yo el que se pregunta cómo hemos llegado a esto. Unas lágrimas caen por mi rostro mientras contemplo por última vez tu cuerpo inerte. 
No siento remordimientos, ni me arrepiento. Pero me siento triste por tu muerte. 
Tengo algo de sangre en las manos. Será mejor que me limpie.
Echo una última mirada a tu cuerpo, y le doy la espalda. Echo a caminar, sin dejar de llorar en silencio, abandonando tu cadáver en mitad de aquel aparcamiento. Meto las manos en los bolsillos. Soy consciente de que me dejo el cuchillo, y que pueden descubrirme por ello, pero no me importa. Es el precio justo por lo que te he hecho.